La Reserva de Biósfera Yasuní empieza a consolidar una herramienta que busca transformar la manera en que se producen, valoran y comercializan los productos y servicios del territorio. Se trata de la “Marca de Origen Sostenible Yasuní”, una iniciativa que ya está en marcha y que próximamente podrá ser utilizada oficialmente por los emprendimientos de esta zona.
“La marca es un símbolo distintivo que identifica productos, servicios o actividades que se desarrollan dentro de una reserva de biósfera”, explica Fausto López, director de la maestría en Recursos Naturales Renovables de la UTPL, quien forma parte del equipo que desarrolló la propuesta. Sin embargo, aclara que no se trata solo de un sello más. A diferencia de certificaciones como las orgánicas, esta marca no reemplaza otros procesos, sino que los complementa. “Un producto puede tener varios sellos. Este no sustituye a los otros; más bien les da una identidad territorial”, señala.
Esa identidad constituye precisamente uno de sus principales valores. La marca Yasuní busca vincular los productos y servicios con el territorio del que provienen y con los principios que orientan a una Reserva de Biósfera: conservación, desarrollo sostenible y fortalecimiento económico local. “Lo que hace la marca es identificar un territorio y promover esos tres objetivos al mismo tiempo”, resume López.
El alcance de esta iniciativa es amplio. No se limita a productos agrícolas o alimenticios, sino que también incluye artesanías, turismo, cosmética natural y otros servicios vinculados con la biodiversidad y las culturas locales. Un primer levantamiento identificó alrededor de cuarenta emprendimientos en la zona, aunque se reconoce que hay muchos más. “Esto es dinámico. Surgen nuevos emprendimientos, otros crecen. La idea es que el sistema se mantenga abierto”, explica.
Para acceder a la marca, los emprendimientos deberán cumplir ciertos criterios básicos. El primero es territorial: estar ubicados dentro de la Reserva de Biósfera Yasuní. El segundo está relacionado con la coherencia de sus actividades: no ir en contra de los principios de conservación. Y el tercero es social: generar beneficios para comunidades locales e indígenas. A partir de estos lineamientos, se ha desarrollado un sistema de evaluación con 192 indicadores, que abarcan aspectos sociales, económicos, ambientales y productivos.
Sin embargo, el equipo impulsor reconoce que no todos esos indicadores deben aplicarse desde el inicio. “No queremos poner requisitos demasiado complejos, porque si no, nadie va a participar”, admite López. La experiencia en otras reservas ha sido clara en ese sentido. En la Reserva de Biósfera Bosque Seco, un proceso similar tomó alrededor de dos años en consolidarse y empezó con un número reducido de criterios. “La idea es ir escalonando, motivar a que más productos se sumen y luego ir subiendo el nivel”, explica.
Ese enfoque progresivo será clave en Yasuní. El siguiente paso será seleccionar un grupo manejable de indicadores y empezar con casos piloto. “Sería ideal hacer un primer ejercicio con algunos emprendimientos para validar cómo funciona el sistema en la práctica”, señala López. Esto permitirá ajustar el modelo antes de una implementación más amplia.
En paralelo, se están afinando los aspectos institucionales de la iniciativa. La marca será gestionada por una Comisión integrada por representantes del sector público, gobiernos locales, nacionalidades indígenas, organizaciones no gubernamentales y academia. Esta estructura busca asegurar un equilibrio entre la visión técnica y la representación territorial. “Es importante que también haya alguien de la academia, porque aporta una mirada más imparcial y técnica”, explica.
Aunque el proceso presenta avances importantes, todavía existen pasos pendientes. Uno de los más relevantes es el registro legal de la marca ante el Servicio Nacional de Derechos Intelectuales, trámite que ya está en curso. Además, falta la designación formal de los delegados que integrarán la Comisión y la puesta en marcha de los primeros procesos de evaluación.
Mientras tanto, el mensaje para los emprendedores es claro: este es el momento de prepararse. La marca no es solo una etiqueta, sino una oportunidad para fortalecer la visibilidad y el posicionamiento de los productos del territorio. “Hay productos de altísima calidad que ya existen, pero que no siempre tienen el reconocimiento que merecen. La marca puede ayudar a eso”, dice López.
En mercados donde el origen tiene un valor cada vez mayor, el nombre Yasuní podría convertirse en un elemento diferenciador. “Es como Galápagos. La gente compra porque lo que viene de ahí ya ha ganado una reputación positiva”, señala. Sin embargo, también advierte que el proceso tomará tiempo, requerirá trabajo conjunto y compromiso sostenido. “Esto no es de la noche a la mañana. Es una estrategia de largo plazo”.
En ese sentido, la marca debe entenderse como parte de una visión más grande. Más allá de su dimensión comercial, constituye una herramienta para fortalecer la conservación de la biodiversidad y promover modelos de producción sostenibles. “A veces se ve como algo aislado, como ‘tengo mi producto y le pongo un sello’. Pero en realidad es una estrategia más para apoyar la conservación de la biodiversidad”, explica López.
Esa visión también implica transformar la relación entre la forma de producir y su vínculo con el territorio y el mercado. Detrás de cada sello existe un proceso de evaluación, acompañamiento y validación. “Cuando ves un sello, sabes que hay un equipo detrás que validó ese producto”, dice.
Hoy, la marca de origen sostenible Yasuní todavía no está en uso oficial, pero ya está en camino hacia su implementación. Y en un territorio reconocido por su enorme riqueza natural y cultural, este proceso puede abrir nuevas oportunidades para quienes apuestan por emprender de manera sostenible y en armonía con su entorno.
Fausto López
Está vinculado a temas de conservación desde 1989, tanto como integrante de la Fundación Ecológica Arcoiris como de la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL), desarrollando proyectos de investigación y conservación en manglar, páramo y Amazonía, con énfasis en gestión de áreas protegidas y otras formas de conservación. Imparte las cátedras de áreas protegidas y gestión de proyectos, tanto en grado como en posgrado y en la actualidad es director de la maestría en Recursos Naturales Renovables de la UTPL. Cuenta con experiencia en temas de gestión ambiental y conservación de áreas protegidas y ha publicado varios textos sobre áreas protegidas, manglares y páramos.